Versiones de Martha, Carlos Colmenares GilLos relatos de esta obra tienen varios rasgos familiares: marihuana, tatuajes, Caracas, El Ávila. En una página se nos dice que con esa mezcla se llega a «un cuento desordenado y malísimo», e inevitablemente a «la supuesta narrativa urbana de mierda». Sin embargo, ese legado funciona aquí como una plataforma mínima, que solo opera cuando se corrompe: más que el inventario de rutinas, mapas catastrales, bares y tipos psicológicos, a Colmenares Gil le interesa una idea de construcción y sus consecuencias en el desarrollo de las tramas.

La estructura del libro tiene antecedentes en, por ejemplo, Denis Johnson y Donald Ray Pollock. Versiones de Martha es, pues, una cadena de historias sobre el mismo grupo de amigos, personajes itinerantes, aun menguados, que deambulan y hablan como sobrevivientes. Al fondo, el cerro arde como premonición de una catástrofe que no se adivina ni se narra, o tal vez como metáfora del desamor, la clausura, el agobio. Resalta en el conjunto la variedad de formas: el autor recurre a la conversación frontal y al chat, va de la primera persona a la tercera, pasa de un texto escrito en un solo párrafo a una sucesión de monólogos extraídos de una posible terapia amistosa. Todo apunta a la compleja interacción de aquellos jóvenes y su furiosa necesidad de expresión: cada pieza incluye diversas narraciones —de sueños, alucinaciones, experiencias, deseos.

Esos procedimientos dan fe de una empresa literaria madura que critica el realismo reducido y sus anécdotas. Con ello, Carlos Colmenares Gil propone un universo que abdicó de la linealidad y la ficción unánime, y se desplaza a saltos, sin omitir en su movilidad la posibilidad de lo ya hecho o de lo vagamente recordado o sentido.


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